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Desindustrialización decretada

10 Mayo, 2017 - Tecno y Nación
Desindustrialización decretada

Por Fredes Luis Castro

La eliminación del arancel externo del 35%, que gravaba la importación de notebooks, netbooks y tablets decidida por el gobierno nacional, fue el anticipo del decreto 1205/2016, que reforma el régimen de importación, para facilitar la introducción de diversos bienes usados, entre ellos los informáticos. Ambas medidas configuran un combo desindustrializante, que explican el retroceso experimentado por las empresas informáticas nacionales y los cientos de empleos argentinos perdidos en el sector. Los argentinos y argentinas que engrosan las filas de desocupados no participan de la mejora de “la calidad de vida de la comunidad”, ni de las “nuevas oportunidades” de empleo a las que se apunta con el decreto 1205, de acuerdo a los considerandos reglamentarios que lo justifican.

El decreto 1205 también persigue “inversiones y mejoras en la competitividad de las Pequeñas y Medianas Empresas”, mediante la incorporación de maquinarias y equipos extranjeros que mejoren su productividad. Para asegurar el acceso a “tecnología más avanzada”, en vez de crear créditos o programas de fomento específicamente diseñados al efecto, se optó por facilitar el ingreso de productos despreciados por los usuarios de otros países, como consecuencia de su desactualización. El tipo de apertura sugerido difiere de las políticas realizadas por las economías centrales, incluso las recientemente industrializadas, y las que atraviesan procesos de industrialización.

Imperio de las intervenciones

Como bien ilustra Ian Fletcher, los Estados Unidos fueron fundados como una nación proteccionista. No pudo ser de otra manera, habida cuenta que su primer ministro de economía, Alexander Hamilton, impuso una severa visión industrialista, que para materializarse y asegurar la prosperidad de su patria, se nutrió con aranceles a las importaciones o su prohibición, cuando no fuesen idóneas para el desarrollo manufacturero; más subsidios y créditos para la exportación y las innovaciones nativas.  

Pero no es menester retroceder tanto en el tiempo. En la conservadora década del 80 del siglo pasado, con el objeto de lidiar con la competencia japonesa, Ronald Reagan decidió un intervencionismo gubernamental de 100 millones de dólares anuales en Sematech, una asociación con 14 fabricantes norteamericanos de semiconductores, para salvar y catapultar una industria que algunos sindican como cimiento de Sillicon Valley. El financista de la contra nicaragüense también lo fue, fronteras adentro, del programa de Investigación e Innovación para la Pequeña Empresa, a través de una no muy conocida acción pública que aún transmite cientos de millones de dólares para auxiliar la investigación llevada a cabo por pequeñas firmas.

Desde ya, los montos del presidente republicano se quedan cortos comparados a los 787 mil millones que su colega Obama estableció como estímulo económico en el 2009, dirigidos en gran medida a crear industrias e infraestructuras de energías limpias, similar a las tareas de dirección, financiamiento y regulación encaradas por el estatal banco de desarrollo e inversiones KfW,  para la transición energética alemana. Registremos que las protecciones e intervenciones descritas no son materia limitada a etapas primarias o industrias infantes, se aplican recientemente, en tecnologías de frontera, con recursos dinerarios y acciones que complican fenomenalmente cualquier competencia externa.

Protecciones del Este

El historiador económico Kozo Yamamura señala que la protección contra la competencia externa “probablemente fue el incentivo más importante que el gobierno japonés suministró para el desarrollo doméstico”. Japón siempre tuvo en claro que la exposición a la competencia importadora puede impedir el ingreso en industrias con tecnologías más complejas, por ello aplicó una activa intervención gubernamental que combinó subsidios a las industrias nacionales; tarifas prohibitivas para importar; políticas distorsivas de precios y créditos a favor de sus industrias; fuertes incentivos a las exportaciones; habilitación de inversiones extranjeras condicionadas a la transferencia de tecnologías; y transferencias de recursos para que sus empresas apliquen a investigación y desarrollo.

Estas políticas fueron emuladas por Hong Kong, Taiwán, Singapur y Corea del Sur, entre otros países asiáticos. En muchos de ellos, el subsidio y la colaboración estatal no excluyó las industrias en declinación, como lo reconoció oportunamente el Banco Mundial. Eamonn Fingleton asegura que el proteccionismo japonés sigue tan potente como siempre, tanto en la exportación de tecnologías avanzadas, como en la industria automotriz, lo que explica la multiplicación por cinco del superávit comercial entre 1990 y 2010, años supuestamente recesivos.

El socialproteccionismo

James McGregor sostiene que es un secreto a voces que el Acuerdo Transpacífico se creó como retaliación a un combo de transgresiones chinas a las reglas del libre comercio, que incluyen, pero no agotan, el robo cibernético y de tecnologías de las multinacionales que operan en territorio comunista; auditorías, requerimientos administrativos y técnicos caprichosos; y políticas antimonopolios ejecutadas discriminadamente, para la defensa y consolidación de entramados nacionales.

McGregor alude a un tozudo “tecno-nacionalismo chino” que ha moderado la apertura decidida por Deng Xiaoping, excluyendo la inversión extranjera en diversos sectores. Este temperamento influyó en el plan Hecho en China 2025 inspirado en las políticas industriales 4.0 alemanas. El objetivo del plan es lograr que empresas chinas produzcan el 40 por ciento de los componentes y materiales básicos empleados en la cadena manufacturera en el 2020, y lleguen a un 70 por ciento en el 2025. Entre otras medidas, informa  Stephen Olson, se prevén transferencias forzadas de tecnologías a cambio del acceso a su mercado.

 

En significativa disconformidad con el repertorio mencionado, para enfrentar los desafíos tecno-económicos del siglo XXI el actual gobierno argentino apuesta a la importación de tablets, mouses y teclados desechados por los usuarios que habitan algunos de los países antes mencionados. En el mejor de los casos.

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